Llegamos a Laos en autobús nocturno desde Tailandia, esperando encontrar algo mucho más salvaje y menos turístico, pero no fue así, aunque es cierto que está menos masificado que su país vecino. El Reino de un millón de elefantes, como se le conoce, está bastante menos desarrollado que otros países del sudeste asiático. La mayoría de la población (en torno al 80%) vive de la agricultura o la ganadería de subsistencia, y la economía se encuentra muy limitada por las políticas comunistas (lo máximo que podrás sacar del cajero son unos 100€).

Esto es algo que podrás comprobar cuando viajes por carretera. Tienen una autovía principal, el resto son caminos secundarios, la mayoría de tierra y en penoso estado. El autoestop no es muy conocido aquí, por lo que algunas veces tendrás que esperar un rato a que alguien te recoja (afortunadamente, hay muchos camioneros y comerciantes chinos que hacen la ruta hasta Tailandia y suelen pararse). Nosotros recorrimos el país de norte a sur a dedo, más de mil kilómetros en total. Si quieres saber un poco más sobre este modo de viajar, lee mi página Autoestop.

La gente es muy tranquila y relajada, a menudo los verás durmiendo en su negocio, así que ármate de paciencia cuando quieras pedir algo para comer. Muchas veces tendrás que despertarlos, esperar a que se levanten, caminen hacia ti de mala gana y te atiendan con una mirada de hastío y desidia total. Por lo general suelen ser amables, aunque de vez en cuando te encontrarás con algún gruñón molesto porque le has despertado de su siesta. Cuelgan una hamaca en cualquier parte, las hemos llegado a ver incluso dentro de su propio tuk-tuk.

El deporte favorito de los laosianos es la petanca (muy acorde con su predisposición a las actividades físicas) y una especie de volleyball que se juega con los pies. Sería recomendable que te apuntaras algunas frases básicas en su idioma, porque casi nadie habla inglés y muchos menús en los restaurantes están sólo en laosiano; aunque algunos chapurrean el francés, ya que Laos fue colonia francesa hasta 1949. ¡Sabaidee, falang!

Los precios son similares, tanto en comida como en alojamiento, con la diferencia de que la cerveza aquí es mucho más barata (la más conocida es la Beer Lao, que ellos mismos producen a base de arroz) y no tienen los famosos 7Eleven, que siempre podían sacarte de un apuro. Les encanta la sopa, la toman hasta para desayunar, aunque esté hirviendo y haga 30 grados a la sombra.

 

Luang Namtha

laosEsta fue nuestra primera parada en Laos. Luang Namtha es, básicamente, una calle. Es conocido porque la gente acude allí a hacer excursiones y trekkings por la selva, pero no tiene mucha más historia. Tiene un mercado de comida nocturno, un mercado de día, una pagoda, un río para bañarte y poco más. Nosotros hicimos un trekking de tres días y dos noches, durmiendo en la selva y en una aldea nativa de las montañas. Es una experiencia interesante, aunque se ha comercializado mucho desde que la ciudad se hizo famosa por este tipo de excursiones. La gente local está acostumbrada a estas visitas y enseñan a los niños a pedir dinero todo el tiempo.

Nos alojamos en Manychan Guest House, en la calle principal, justo frente al mercado. No pagábamos alojamiento porque estabábamos haciendo un workaway, pero salía a unos 6€ la doble privada, sin baño. No estaba mal. También tenía restaurante y lavandería. Todos los hoteles de alrededor rondaban ese mismo precio.

Para comer tienes muchas opciones en la calle principal y por supuesto en el mercado nocturno. En la esquina frente al mercado ponen un puesto de gofres y crepes con chocolate muy buenos, por si te apetece un postre.

Luang Prabang

Luang Prabang es una de las ciudades más bonitas de Asia, sin duda alguna, por algo ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Todo está tan cuidado y limpio que no parece Laos. Por supuesto, todo está lleno de falangs (turistas), pero es  algo a lo que deberás acostumbrarte. Tiene varias calles animadas y cerradas al tráfico, llenas de bares, restaurantes, cafeterías, mercadillos y puestos de comida. Además son muy espaciosas, por lo que puedes pasear sin problemas mientras admiras la arquitectura colonial francesa.

La oferta gastronómica es brutal; de hecho, es uno de los puntos fuertes de la ciudad. En la calle del mercado hay buffets vegetarianos (come todo lo que te quepa en el plato), bocadillos de pan recién horneado o batidos de frutas por uno o dos euros.

Hay mucha variedad de alojamiento, desde dormitorios por 4€ hasta habitaciones privadas con baño por 8€. Para encontrar mejores ofertas, aléjate caminando un poco del centro y pregunta al final de la tarde (los precios bajan mucho a esa hora cuando ven que les quedan algunas habitaciones por vender). Nos  quedamos en Phonemaly Guesthouse, en una doble con baño y desayuno.

Hay muchas cosas para hacer en Luang Prabang, aunque mi favorita sea pasear por las calles sin nada que hacer, batido en mano. Una de las más conocidas es la entrega de limosnas a los monjes. Lo que es una tradición espiritual en las ciudades asiáticas con templos budistas, aquí se ha convertido en un espectáculo turístico. A las 5 y media de la mañana, los monjes pasean por las calles de camino a sus templos, recogiendo algo de comida de mano de los vecinos. En Luang Prabang se hizo bastante famoso, por lo que ahora ha pasado a ser un negocio (qué raro) en el que infinidad de turistas agobian a los monjes con regalos y fotos, mientras vendedores locales intentan sacar algo de tajada, perdiéndose el respeto hacia lo espiritual que caracterizaba esta procesión.

El Palacio Real y el templo Haw Pha Bang, juntos en el mismo recinto, son dignos de mención. La entrada al Palacio son unos 4€, pero merece la pena. El salón del trono es espectacular. Enfrente está la colina Phu Si, con vistas sobre la ciudad. Deberás subir muchos escalones y pagar un par de euros para llegar. Las tres cosas están en la calle del mercado, donde durante el día venden comida, mientras que por la noche venden todo tipo de souvenirs y productos hechos a mano.

Una de las cosas que más me gustó fueron las cascadas Tat Kuang Si, a unos 30 kilómetros de la ciudad. Puedes coger un tuk-tuk (compártelo con alguien más y regatea precio) o alquilar una moto. Ni se te ocurra hacer la locura que cometimos nosotros de alquilar una bici para ir hasta allí. Llegar, llegamos, pero casi nos quedamos en el intento. Las cuentas interminables llenas de mosquitos, a 30 grados en una bici sin marchas son algo duras. A la vuelta cogimos un tuk-tuk y amarramos la bici al techo. Las cascadas cuestan 2,5€ pero valen la pena. Cuanto antes lleguéis, menos gente habrá. El agua es azul turquesa y muuuy refrescante.

Vang Vieng

Vang Vieng se hizo famosa por el tubing, antes de que lo prohibieran. Multitud de turistas jóvenes con ganas de fiesta acudían borrachos a lanzarse río abajo sobre un flotador. La mezcla de alcohol, imprudencia, desconocimiento del terreno y corrientes de agua no podía traer nada nuevo. Tras varias muertes, las autoridades decidieron prohibirlo, aunque la afluencia de jóvenes ebrios no haya disminuido demasiado. Si quieres descansar, esta no es tu ciudad.

Aunque Van Vieng es algo más que turistas etílicos. Está en un enclave magnífico, entre montañas y junto a un río  con cabañas sobre el agua, junto a la orilla, donde puedes contemplar la puesta de sol mientras disfrutas unos batidos. Puedes alquilar una bici (2€) o moto (4€) y explorar los alrededores, que están llenos de cuevas y cascadas (en la mayoría te cobran un euro la entrada, a no ser que el portero esté durmiendo y pases por delante sin que se entere, como nos pasó más de una vez). También lo puedes hacer andando, si no tienes prisa.

El alojamiento es barato, aunque intenta que no esté en la calle principal, de lo contrario no podrás dormir hasta bien entrada la noche, como nos pasó a nosotros, que nos quedamos en Viva Guest House. La habitación doble por 8€ la noche, estaba limpia, con terraza y baño privado (menos mal, porque nos entró una gastroenteritis que nos obligó a quedarnos en cama casi una semana).

La zona está llena de restaurantes y puestos de baguettes y en muchos de ellos ponen Friends o Los Simpsons a todas horas. El restaurante Champa, en la calle principal,  tiene una oferta de pizza o hamburguesa más batido por 2€. También hay varios sitios con opciones vegetarianas.

Vientiane

Vientiane no es la típica capital a la que estamos acostumbrados (grande, caótica, con tráfico), pero tampoco es como el resto de Laos (pueblos de una calle en medio de la nada). El centro está mucho más desarrollado y urbanizado, pero de manera controlada, por lo que no llega a ser agobiante (como ocurre en Bangkok o Kuala Lumpur). Tampoco es que tenga demasiados atractivos turísticos para visitar, pero tiene un algo que te relaja y te invita a pasear y tomarte las cosas con calma. Además, los precios son algo más altos que en el resto del país, pero nada del otro mundo.

Tiene muchos hoteles y restaurantes por el centro, en la calle Setthathilath y alrededores. Nosotros nos quedamos en Soukchaluen Guest House, que además tenía un bar al lado con un desayuno bastante recomendable por un euro (Mixok Inn). Por unos 10€ tienes habitación privada con baño. También hay varios albergues para mochileros con dormitorios algo más baratos.

Los dos iconos más conocidos de Vientiane son el Arco del Triunfo laosiano o Patuxai, y la pagoda Pha That Luang. Ambos cobran entrada por verlos por dentro, aunque no merece la pena. No son tan espectaculares como parece en las fotos y basta con pasearse por los alrededores.

Fuimos a aportar nuestro granito de arena al COPE, un centro de rehabilitación para los afectados por las minas lanzadas durante la Guerra de Vietnam. A pesar de declararse neutral durante ese conflicto, Laos se llevó la peor parte, y muchos ciudadanos perdieron alguna de sus extremidades. Hay un pequeño museo donde ponen documentales que explican la labor del centro y donde puedes hacer una pequeña donación para la fundación.

Thakhek

Siguiendo la ruta a dedo hacia el sur, paramos un par de días en Thakek, un pueblecito con una animada plaza central y campamento base para los que hacen un circuito en moto por las cuevas y pueblos de los alrededores. El centro del pueblo era bonito, con algunos bares y tiendas, sobre todo en la plaza, donde por las noches montan una feria. Si te sales de ahí, no vas a encontrar mucho más.

Hay solamente un par de sitios para alquilar bici (no te lo recomiendo porque puede ser bastante duro y los caminos están fatal) o moto, por unos 10€ el día la semiautomática, algo más barata la manual, o sea bastante caro. El más conocido está en la plaza y el otro a dos minutos andando, en la calle Anou. Nosotros fuimos andando y haciendo autoestop. Hay una oficina de turismo en la calle Vientiane, donde te dan un mapa y te recomiendan algunas cuevas y templos para visitar.

Con respecto al alojamiento, nos quedamos en una doble con baño y aire acondicionado en la calle principal por unos 9€, no me acuerdo del nombre del hotel. Lo que sí recuerdo perfectamente es un sitio buenísimo para cenar comida local de calidad y a buen precio que se llama Mama Lao, junto a la plaza central. No éramos los primeros en comer allí, ya que las paredes estaban llenas de fotos y reseñas de turistas que ríete tu de tripadvisor.

Por los alrededores, visitamos dos cuevas, una que tenía una roca con forma de cabeza de elefante dentro (por lo visto, eso la hizo especial) y otra con una sorprendente laguna interior. No nos lo esperábamos, y el chapuzón refrescante vino de lujo para quitarnos el calor y el polvo del camino.

Pakse

Cascadas en Tad LoPakse tiene algunas similitudes con Thakheh, en el sentido de que la ciudad en sí es bastante fea, pero sirve de base para explorar los alrededores, en este caso la Bolaven Plateau (una meseta llena de plantaciones de té o café, cascadas, cuevas y templos). La gente alquila moto y hace un circuito durante dos o tres días para verlo todo. Nosotros hicimos el corto, el de dos días, durmiendo en Tad Lo. Era la época seca, por lo que las cascadas apenas llevaban agua, lo que no era motivo suficiente para dejar de cobrarte entrada. Pero aun así, merece mucho la pena, sobre todo si vas justo cuando acabe la temporada de lluvias, pues he leído que las cascadas en ese momento son espectaculares.

En Paksé nos alojamos en Lankham Guest House, en la calle principal; habitación privada con baño pero con un ventilador que prácticamente no funcionaba. No era caro, pero mucha gente nos habló mejor de Nok Noi, que ya estaba llena cuando preguntamos (buena señal). En esta misma calle hay varios hostales similares. Las motos las alquilamos en Miss Noy, justo al lado del hotel. Tienen un guía francés que todas las tardes da una charla sobre lo que se puede hacer por la meseta y te recomienda lugares donde dormir o parar. Te aclara bastante las ideas, por lo que lo recomendamos sin duda, aunque no les alquiles la moto a ellos.

Para comer, siempre sin abandonar esta calle, tienes varios puestecillos de sopa o baguette, pero sin duda el que más me gustó fue el restaurante indio Jasmin, otra recomendación de los marcopólicos. Comida rica, picante, barata y con un dueño muy simpático.

A unos 25 kilómetros de la ciudad se encuentra la ruina Jemer más importante fuera de Camboya, Wat Phou (o Vat Phu). Cobran 5€ la entrada más el parking y tendrás que compartir la visita con grupos de turistas japoneses y sus paraguas. Además, se desvía bastante del tour por la meseta. It’s up to you.

Con respecto al tour por la meseta, hay muchas rutas y maneras de hacerlo, por lo que te recomiendo que asistas a la charla en Miss Noy o te pilles un mapa y lo planifiques bien. La opción más popular es alquilar una moto por unos 5€ el día y recorrerlo todo por tu cuenta. Pero ten cuidado con la gasolina porque las distancias pueden engañar; no todo está tan cerca como parece y a veces tendrás la sensación de llevar años sin bajarte de la moto.

Nosotros visitamos una plantación de té muy interesante y otra de café (ambas te explican su proceso de producción y te dan una muestra para que lo pruebes) e hicimos noche en Tad Lo, un pueblecito junto al río con unas cascadas bastante aceptables. Dormimos en Mama Guest House, en una cama doble en un dormitorio (2€ la noche). La dueña es una viejecita laosiana muy graciosa que prepara unos platos para chuparse los dedos. Lo más recomendable del pueblo, sin duda.

Las 4000 islas

Don Det y su vecina Don Khon forman parte de las llamadas 4000 islas, ubicadas en el río Mekong, al borde de la frontera con Camboya. El alojamiento barato en cabañas con hamaca sobre el río ha hecho famosas a estas dos islas. Exceptuando un templo y un par de cascadas en Don Khon, no hay mucho que hacer excepto relajarse y descansar. Por cierto, ¡cuidado con los mosquitos al atardecer! porque se te meten por todos los orificios de la cara y es zona de malaria.

Nosotros nos quedamos cuatro días en Don Det (tiene un poco más de ambiente que la otra), en unos bungalows con hamaca, baño y ventilador de la costa este, sobre el río y con vistas al amanecer. Hay mucha oferta de alojamiento por 3 o 4 euros al día, simplemente tienes que ir preguntando y alejarte un poco de la playa donde te dejan los botes. Las islas se recorren andando en un rato, aunque también puedes alquilar bicicletas en casi cualquier sitio.

En la zona de la playa hay varios restaurantes locales, un indio y varios puestecitos de baguettes o mimosas (una especie de empanadillas fritas con plátano dentro). Por supuesto, los batidos de frutas siguen siendo una opción deliciosa. En la cara oeste de la isla también hay mucho alojamiento y restaurantes con vistas al atardecer.

Lleva dinero en efectivo porque en la isla no hay cajeros automáticos. El bote hasta Don Det vale un par de euros y pueden que intenten cobrarte por cruzar el puente hacia Don Khon, aunque nosotros no pagamos nada.

Attapeu

Este diminuto pueblo (o calle, como quieras llamarlo) fue la última parada antes de cruzar la frontera con Vietnam haciendo autoestop. Íbamos muy justos de tiempo, por lo que decidimos hacer noche aquí y pasar a Vietnam a la mañana siguiente. No hay absolutamente nada que valga la pena para detenerse aquí, te lo advierto.

Eso sí, ten cuidado con los cruces fronterizos, porque algunos se abrieron hace poco y otros solo los pueden cruzar los locales. Infórmate antes de decidir tu itinerario, porque si no llegas a tiempo y se te caduca la visa, te pueden multar con un pastón. Por cierto, cruzar esta frontera no cuesta dinero, aunque los aduaneros intenten estafarte 20 o 30 dólares, así que alerta y no te dejes engañar.