Una fugaz escapada de tres días a Copenhague es lo único que pudimos disfrutar de Dinamarca. Llovió un poco el segundo día, pero en general hizo buen tiempo, aunque bastante frío para mi gusto. Exprimimos esos días al máximo y lo único que lamentamos habernos perdido fueron los jardines de Tívoli y su parque de atracciones, que estaban cerrados cuando fuimos, ya que sólo abren en verano, Halloween y navidades.

Nos alojamos en casa de Jeannie, a través de airbnb, a unos 80€ la noche. Es lo más barato que pudimos encontrar en fin de semana, pues Copenhague es una de las ciudades más caras de Europa. La casa era moderna, nueva y limpia, cerca del centro, en el barrio de Vesterbro.

Me gustaron especialmente los murales de graffiti y arte urbano que adornaban muchas de las calles, así como las coloridas casitas del puerto y los puentes de los canales.

El primer día recorrimos las calles principales del centro, pasando por la zona medieval, la plaza del Ayuntamiento, el palacio de Amalienborg, el castillo de Rosenborg, los jardines botánicos y la torre redonda, entre otros. Acabé tomándome unas Carlsberg y Tuborg en una tasca del barrio. Básicamente lo que hicimos fue pasear y fijarnos en todo lo que podíamos, pero sin entrar en ningún sitio. Íbamos algo justos de tiempo y preferimos disfrutar del ambiente de la ciudad y sus calles.

El segundo día pasamos por Cristiania, último vestigio de los movimientos anarco-comunistas en el país. Es una especie de comuna independiente donde aún funciona el trueque y puedes consumir hachís en los bares. Un cartel cuando estás saliendo te recuerda que vuelves a entrar en la Unión Europea y otro reza: «Cristiania se compromete a crear y mantener una comunidad de autogobierno donde cada uno es libre de desarrollarse a sí mismo y expresarse como miembros responsables de la comunidad». Hay arte por todas partes (talleres, graffitis, esculturas de chatarra), puestos para intercambiar ropa usada y muchos de los productos que se venden están hechos a mano. Al margen de cualquier ideología, el sitio es una pasada y una visita imprescindible.

También fuimos a ver la Sirenita, la escultura de bronce de fama internacional que ya se ha convertido en símbolo del país y que está inspirada en el cuento de Hans Christian Andersen. Más pequeña de lo que me esperaba y rodeada de gente haciéndole fotos. Es una de esas cosas de «obligada» visita pero que cuando la ves te decepciona muchísimo. Eso sí, está frente a la zona del puerto nuevo, que han remodelado y modernizado, dejándolo todo lleno de bares y terrazas, además del vanguardista edificio de la Ópera.

El puerto Nyhavn es la estampa más típica de Copenhague, con las casas de colores a ambos lados del canal. Paseamos por las terrazas de camino al Kastellet, un parque precioso con una fortaleza junto a los canales, un viejo molino y mucho verde por todas partes. Está junto al puerto, la Sirenita y la plaza Nytorv.